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La Sábana Santa

«La Sábana santa es un reto a la inteligencia. Ante todo, exige de cada hombre, en particular del investigador, un esfuerzo para captar con humildad el mensaje profundo que transmite a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa que ejerce la Sábana santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la historia de Jesús. Dado que no se trata de una materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue depuesto de la cruz. La Iglesia los exhorta a afrontar el estudio de la Sábana santa sin actitudes preconcebidas, que den por descontado resultados que no son tales; los invita a actuar con libertad interior y respeto solícito, tanto en lo que respecta a la metodología científica como a la sensibilidad de los creyentes.

Para el creyente cuenta sobre todo el hecho de que la Sábana santa es espejo del Evangelio. En efecto, si se reflexiona sobre este lienzo sagrado, no se puede prescindir de la consideración de que la imagen presente en él tiene una relación tan profunda con cuanto narran los evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús, que todo hombre sensible se siente interiormente impresionado y conmovido al contemplarlo. Además, quien se acerca a la Sábana santa es consciente de que no detiene en sí misma el corazón de la gente, sino que remite a Aquel a cuyo servicio lo puso la Providencia amorosa del Padre. Por tanto, es justo alimentar la conciencia del precioso valor de esta imagen, que todos ven y nadie, por ahora, logra explicar. Para toda persona reflexiva es motivo de consideraciones profundas, que pueden llegar a comprometer su vida».

(Discurso del Papa Juan Pablo II en Turín, 24 de mayo de 1998)

La Sábana Santa

La Sábana Santa y los Evangelios

Historicidad de los Evangelios

En el siguiente enlace podéis encontrar una presentación en Power Point sobre la historicidad, autenticidad y veracidad de los evangelios, el proceso de formación y los criterios científicos vistos en clase.

Historicidad de los evangelios

El vídeo sobre el origen y formación de los evangelios lo tenéis en https://www.youtube.com/watch?v=ZxmfvvrXx8g

 

 

Los símbolos del Génesis

Todas las personas nos preguntamos por el mal. ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué no existe solamente el bien? La Biblia también se hace esta pregunta y el autor del libro del Génesis reflexiona y emplea una historia para intentar explicar esto del mal. La historia es verdadera: el mal existe y entró en el mundo por el hombre mismo. Los elementos que emplea para ilustrar esa historia, sin embargo, son simbólicos, es decir, indican la verdad que desea transmitir; son como la exteriorización, la forma de expresar esa verdad.

En el capítulo 3 del libro del Génesis encontramos estos símbolos: la serpiente, los árboles, el jardín, el fruto del árbol, las hojas de la higuera, el rumor de los pasos de Dios, la hora de la brisa, la escondida del hombre, los diálogos (Dios-hombre, Dios-serpiente), las maldiciones (a la serpiente, a la mujer, al hombre), los vestidos para la pareja, la expulsión del paraíso y los querubines (ángeles) que guardan con la espada desenvainada la entrada en el paraíso. Veamos algunos de ellos:

El árbol

Se presenta en los textos bíblicos: Gén 2, 16-17; 3, 3; 3, 5 y 3, 22. ¿Qué significa este símbolo? En la Biblia, la sabiduría y la ley de Dios son comparados con un árbol. También la Biblia compara al hombre que cumple la ley de Dios con un árbol frondoso. (Salmo 1,1-3).

La interpretación es la siguiente: El ser humano tiene dos posibilidades:

– comer de los árboles del paraíso, significa ser sabio y tener vida.

– comer del árbol del bien y del mal, significa ser ignorante y encontrar la muerte, o sea, seguir sus propias ideas y no el mandato de Dios.

La manzana

No aparece nombrada en la Biblia en este texto. El texto simplemente habla de “fruto” no de “manzana”. ¿Por qué la gente habla entonces de una manzana? La manzana representa a la tentación (es un símbolo en el mundo antiguo).

En este caso la tentación es que el ser humano pretende ser como Dios. Las personas muchas veces quieren olvidarse de Dios y poner sólo normas humanas. La manzana simboliza la eterna tentación del hombre a no reconocerse como criatura delante de Dios, sino querer gobernarse por sí mismo, no someterse, escoger el propio camino, erigirse en normal última y exclusiva para saber lo que está bien y lo que está mal.

Las hojas de higuera y la desnudez

Aparece en el texto Gén 3, 8-10. Significa lo siguiente:

  1. Dios le mostró el camino al hombre para ser feliz (= árboles del paraíso y el árbol de la vida).
  2. El hombre no aceptó la propuesta de Dios y quiso hacer su propia experiencia, decidir por sí mismo (= conocer el árbol del bien y del mal).
  3. La desnudez es la toma de conciencia del hombre ante Dios: está desarmado, avergonzado, inerme; se equivocó y tiene que callarse. Las hojas de la higuera nos quieren decir el miedo y la vergüenza del hombre ante Dios.

Cuando el hombre se dio cuenta del mal que acababa de hacer, sintió toda la amargura que le produjo esa experiencia. Se sintió sin ningún argumento delante de Dios, quien le había advertido con anterioridad.

El hombre trata de esconderse de Dios porque sentía vergüenza. El hombre se encontraba desnudo (consciente de su culpa), pero no tenía la humildad de reconocerse culpable delante de Dios (por eso se esconde).

La serpiente

Aparece en el texto Gén 3. El autor bíblico se plantea la pregunta: ¿Por qué el hombre no quiere ser sabio, seguir a Dios y ser feliz, sino que prefiere recorrer su propio camino, esconderse de Dios y ser desgraciado? En otras palabras: ¿Por qué el hombre se siente más atraído por el mal que por el bien?

La serpiente personifica aquí la tentación, la inclinación casi indomable que todos tenemos para el mal. Para el autor, la causa de todo mal es el mismo hombre que se deja vencer por la tentación, por esa inclinación al mal. En casi todos los pueblos de la antigüedad la serpiente es el símbolo del mal; es traicionera, venenosa, mata.

La serpiente llegó a ser el símbolo de la traición a Dios y a la fe: símbolo de todo mal.

También sucede esto hoy a las personas. Prefieren escuchar a la tentación (a la serpiente) que a Dios.

¿Cuál fue el pecado que cometieron Adán y Eva?

Se nos cuenta en Gén 3. La Biblia no dice cuál fue el pecado. El autor lo que quiere decirnos es que en el mundo hay pecado, que en cada persona existe la misteriosa e inexplicable tendencia al mal. Ante la ley de Dios, el hombre es tentado para que escoja el mal y no el bien. Esto es un misterio profundo que se esconde en el corazón del hombre.

Decimos “pecado original” porque hay una ruptura del hombre con su “origen” que es Dios. Y como todos pecamos, esa inclinación existe en el corazón de todos nosotros. Ha pasado a todos. Esto es lo que dice el autor y es verdad. Y para expresar esto, el autor emplea el lenguaje simbólico y elementos de su cultura: desnudez, voz de Dios, esconderse de Dios, etc. como hemos visto. Para el autor todo hombre es Adán, pecador.

Muchos autores dicen que el pecado original fue un acto de desobediencia a Dios. Pero no aclaran en qué consistió ni cuál fue la prohibición. El pecado original no existió solamente sino que todavía hoy existe. A esa desobediencia a Dios la llamamos “pecado original” porque está en el origen, en el comienzo de la humanidad.

Para el autor la tarea más importante de todas no es la de descubrir cuál haya sido el pecado original, sino cómo combatir el pecado ahora, en cada persona, en cada estructura, en cada época. Combatir el pecado original es también reconstruir el paraíso.

Juan Pablo II y las religiones

Juan Pablo II: ¿Por qué hay tantas religiones?

En vez de sorprenderse de que la Providencia permita tal variedad de religiones, deberíamos más bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas.

El islamismo

Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de sí mismo, primero en el Antiguo Testamento, por medio de los profetas, y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento, por medio de su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido, de hecho, abandonada.

El Dios del Corán […] es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es solo Majestad, nunca el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’. El islamismo no es una religión de Redención. No hay sitio en él para la cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero solo como profeta preparador del último profeta, Mahoma.

Sin embargo, la religiosidad de los musulmanes merece respeto. No se puede dejar de admirar, por ejemplo, su fidelidad a la oración. La imagen del creyente en Alá que, sin preocuparse ni del tiempo ni del sitio, se postra de rodillas y se suma en la oración, es un modelo para los confesores del verdadero Dios (págs. 106 y 107).

El judaísmo

Las palabras de Nostra aetate, n.º 4, suponen un verdadero cambio. El Concilio dice: «La Iglesia de Cristo reconoce que, efectivamente, los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya, según el misterio divino de Salvación, en los patriarcas, Moisés y los profetas. […] Por eso, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con el que Dios, en su inefable misericordia, se dignó sellar la Alianza Antigua».

Este extraordinario pueblo continúa llevando dentro de sí mismo las señales de la elección divina. Cuándo podrá el pueblo de la Antigua Alianza reconocerse en la Nueva es, naturalmente, una cuestión que hay que dejar en manos del Espíritu Santo. Nosotros, hombres, intentemos solo no obstaculizar el camino (págs. 109, 110 y 112).

El budismo

La soteriología [doctrina de la Salvación] del budismo constituye el punto central, más aún, el único de este sistema. Sin embargo, […] la «iluminación» experimentada por Buda se reduce a la convicción de que el mundo es malo, de que es fuente de mal y de sufrimiento pa- ra el hombre. Para liberarse de este mal hay que liberarse del mundo; hay que romper los lazos que nos unen con la realidad externa, por lo tanto, los lazos existentes en nuestra misma constitución humana, en nuestra psique y en nuestro cuerpo. Cuanto más nos liberamos de tales ligámenes, más indiferentes nos hacemos a cuanto es el mundo, y más nos liberamos del sufrimiento, es decir, del mal que proviene del mundo.

¿Nos acercamos a Dios de este modo? En la «iluminación» transmitida por Buda no se habla de eso. El budismo es en gran medida un sistema «ateo». No nos liberamos del mal a través del bien, que proviene de Dios; nos liberamos solamente mediante el desapego del mundo, que es malo. La plenitud de tal desapego no es la unión con Dios, sino el llamado “nirvana”, o sea, un estado de perfecta indiferencia respecto al mundo (pág. 100).

El hinduismo

En el hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la Filosofía; buscan la liberación de las angustias de nuestra condición, sea mediante formas de vida ascética, sea a través de la profunda meditación, sea en el refugio en Dios con amor y confianza. En el hinduismo, según sus varias escuelas, se reconoce la radical insuficiencia de este mundo mudable y se ense- ña un camino por el que los hombres, con corazón devoto y confiado, se hagan capaces de adquirir el estado de liberación perfecta o de llegar al estado de suprema iluminación por medio de su propio esfuerzo, o con la ayuda venida de lo alto (Nostra aetate, n.º 2).

El Concilio recuerda que «la Iglesia católica no rechaza nada de cuanto hay de verdadero y santo en estas religiones. Considera con sincero respeto esos modos de obrar y de vivir, esos preceptos y esas doctrinas que, si bien en muchos puntos difieren de lo que ella cree y propone, no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra aetate, n.º 2) (págs. 95 y 96).

Las religiones animistas

Ponen en primer plano el culto a los antepasados. Parece que quienes las practican se encuentren especialmente cerca del cristianismo. Con ellos, también la actividad misionera de la Iglesia halla más fácilmente un lenguaje común. ¿Hay, quizás, en esta veneración a los antepasados una cierta preparación para la fe cristiana en la comunión de los santos, por la que todos los creyentes vivos o muertos forman una única comunidad, un único cuerpo? La fe en la comunión de los santos es, en definitiva, fe en Cristo, que es la única fuente de vida y de santidad para todos. No hay nada de extraño, pues, en que los animistas africanos y asiá- ticos se conviertan con relativa facilidad en confesores de Cristo, oponiendo menos resistencia que los representantes de las grandes religiones del Extremo Oriente (pág. 97).

Adaptado de: Cruzando el umbral de la esperanza, de Vittorio Messori, Plaza & Janés, Barcelona, 1994.